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​Textos

​Texto Carlos E. Palacios

Jurgens Portillo y los espejos de la pobreza
Texto de Carlos E. Palacios

 

¿Hará falta precisar, viendo las pinturas de Jurgens Portillo (Maracaibo, 1990), que son realistas? El realismo es engañoso como un trampantojo, por cierto la mayor invención de la pintura sobre lo real: burla a la vista y nos hace creer que miramos la realidad cuando es un efecto ilusorio de lo pictórico. Pensamos que vemos el reverso de un cuadro y nuestra proximidad al lienzo nos descubre materia plástica bien aplicada. Lo que creíamos era una etiqueta pegada al bastidor de una pintura volteada, resultó que eran sutiles brochazos. Durante siglos, el trampantojo era la mejor demostración del talento de un pintor. Mientras mas habilidoso, mayor la trampa al ojo, mejor el trompe l’oeil.

En el mítico origen del arte se encuentra el engaño de lo real. Cuenta Plinio El Viejo la competencia de quien pintaba mejor entre Parrasio y Zeuxis, ganando el primero quien realizó unas uvas tan fidedignas que los pájaros las picoteaban. Sin embargo, como nos recuerda Linda Nochlin, la gran historiadora del arte realista y feminista, “aunque resulte difícil de creer que las uvas de Parrasio pudieran engañar al mas crédulo de los pájaros, la vieja historia recuerda – como el alarde la pintura trompe l’oeil y los ingeniosos experimentos con la camera obscura- el deseo perennemente obsesivo de los artistas de devolver la vida a la realidad”. 

 

Las pinturas de Portillo se entroncan con esta larga y densa tradición filosófica del arte en la que se discute la veracidad de lo real sobre el mundo de las apariencias, en el cual se encuentra la obra artística. Sobra decir que la realidad está atravesada por la mirada del artista y por la necesidad de adaptarla al lienzo. Lo real para Portillo se basa en escenas y objetos que dan cuenta de la pobreza manifiesta de Venezuela. Sus lienzos no son, como podría pensarse, unos juguetones engaños al ojo. En ellos el artista acude a otra enorme tradición de la pintura occidental: el cuadro como espejo. 

 

En obras como Nevera vacía, Bolsa de naranjas o El almuerzo lo real no está solamente representado de manera fidedigna. Un desatento historiador de arte las etiquetaría como bodegones o escenas de género. Pero sabemos que son reflejos de la pobreza y la forzada carestía que han invadido al país. Lo que se desprende de estas imágenes está en la realidad. Estas pinturas nos abofetean por la crudeza con la cual exponen lo que vemos, leemos y vivimos cotidianamente. Sería baladí compararlas con la tradición de bodegones, paisajes y escenas de género de la pintura moderna. Es obvio que pertenecen a esta genealogía pero también lo es que su lugar es un nefasto imaginario que ha sobrevenido a la realidad política de nuestros últimos y aciagos años. El almuerzo no se corresponde con las comilonas de los pintores holandeses del siglo XVII ni siquiera con los austeros huevos fritos que magistralmente pintara Diego Velázquez en 1618. La escena de Jurgens Portillo, el centro compositivo de su pintura, son esos pequeños mangos que rompen el alma y su tristeza invade toda la escena. La anciana los señala, rozándolos con sus dedos con una melancolía monumental, como diciéndonos: “es lo único que tenemos”, mientras que la mirada absorta del hombre mayor se escapa del cuadro: no quiere estar allí, apenado, en la dura realidad de un almuerzo hecho con lo poco que encontró…y con suerte.

 

Del mismo modo, los paisajes interiores y los bodegones de este artista describen con claridad meridiana la desazón de la austeridad obligada. Ollas raspadas es un lienzo muy elocuente. Como bien se sabe, el pintor selecciona de lo real aquello que trasmita sentimientos al espectador y a esta tela la invade una sensación terrible: el hambre es una solitaria cuchara en una olla ennegrecida, sin restos visibles de comida. En sus pinturas, Portillo no busca sólo reflejar la realidad, un buen artista realista escoge aspectos que sean elocuentes: ¿No es acaso la llave rota de la ducha y la ausente tapa en El wáter admonitores de la forzada carestía de la pobreza?.

 

Finalmente habría que decir que estas obras son un retrato del injusto desasosiego de nuestros días. Parafraseando a Nochlin, Jurgens Portillo le da vida a la mala realidad que nos tocó vivir en estas últimas dos décadas. La sensación que nos genera como espectadores es que no merecemos la cotidianidad a la que indolentemente se nos ha arrojado. Sus pinturas son la otra cara de los luminosos paisajes de Manuel Cabré desde el Country Club de Caracas. Podríamos decir rizando el rizo, que si al Ávila le corresponde figurar como el paisaje de la primera modernidad venezolana, la de los brillantes primeros años del siglo pasado, a estas pinturas de Portillo les corresponderá con suerte, el lugar del aciago y tenebroso paisaje de la Venezuela de los primeros años del siglo XXI. 

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